¿Mesopotámicos? ¡No existen! Sumerios, acadios, asirios, hurritas, sirios…, sí. Pero en el país del Tigres y del Éufrates nunca nadie se identificó como mesopotámico. Mientras el término Mesopotamia para designar la cuenca hidrográfica formada por los dos ríos está consagrado por el uso y el de civilización mesopotámica no molesta a nadie, no es habitual designar a sus habitantes con el vocablo elegido como título de este libro. La intención de este volumen es la de poner en evidencia las condiciones materiales de la vida de los mesopotámicos y de su actividad, poniendo el acento en una particularidad de nuestro acercamiento a esta civilización que proviene, como es natural, de su descubrimiento hacia la mitad del siglo XIX: antes de las primeras excavaciones no se la conocía más que por un texto escrito, la Biblia; seguidamente, la aparición de los primeros palacios asirios fue acompañada por la de las tablillas que pudieron descifrarse con rapidez. Se asocia, pues, de forma espontánea texto y arqueología, escritura y civilización.
La civilización mesopotámica constituye una de las etapas esenciales en el desarrollo de la humanidad: el nacimiento de las aldeas y después de las ciudades, el descubrimiento de la agricultura, la invencion de la ceramica y del metal. Los mesopotamicos fueron los creadores de los estamentos sociales; la casa como punto de anclaje de la familia, el templo como residencia del dios, el palacio como centro del poder.
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El descubrimiento de Mari, en diciembre de 1933, y después en enero de 1934, con el comienzo de la separación del templo de Isthar, marca un momento de una gran importancia en el desarrollo del conocimiento de la antigua Mesopotamia, gracias a un repentino crecimiento de las informaciones disponibles. El estudio de este templo nos enseña mucho de la vida religiosa y de la gran capital de la Mesopotamia del norte en el tercer milenio. Este es el objetivo de la presente obra, publicada en frances.
C’est au Proche-Orient, 12 000 ans avant J.-C., entre l’Euphrate et le Tigre d’une part, et le Nil de l’autre, que débute la sédentarisation. Avec la naissance des villages, c’est la mainmise sur l’e